Escrache a vuestras vidas

Sois los restos fétidos de una sociedad que clama limpieza. Paseáis por vuestras pulcras calles con el paso erguido que solo os proporciona la gomina cara y la billetera repleta. Pisáis con la firmeza de unos zapatos lustrados con una crema que cuesta más que el salario que cualquiera de nosotras pudiera ganar. Miráis por encima de los hombros de esos bultos que la tele dice a veces que son personas. Sonreís a las cámaras con esa mueca de desprecio ensayada una y mil veces. Practicáis respuestas de ideario estúpido fabricado a la medida de maniquíes de Armani. Estatuas vacías de raciocinio, perfectas para el escaparate. Inútiles. Fracasados. Llenos de dinero. Vacíos de valores. Dejasteis de pronunciar palabras como solidaridad, amor, empatía, juntos, justicia, igualdad, libertad, sueños, ilusión, alegría, compromiso, porque nunca os las creísteis. Porque eso no lo venden en ninguna boutique de la calle Serrano. Habéis llenado vuestro particular diccionario de vocablos terroríficos como ejecución, recorte, deuda, interés, lanzamiento, desahucio, antisistema, violentos y se os llena la boca al emitirlos acumulando esa baba blanquecina que adorna las asquerosas bocas en la que lucís unos dientes blanqueados en clínicas en las que ninguno de nuestros hijos nunca va a pisar. Montáis en esos artefactos con ruedas que ni siquiera vuestras manos son capaces de disfrutar. Habláis de niños y familias como si fueran productos, bienes sobre los comerciar. Cambiáis la expresión de la cara cada vez que alguien os hace oír la palabra persona.

Por eso os perseguimos. Perderéis el sueño. No podréis conciliarlo, porque aunque no tenéis conciencia -¿cuántos euros se ganan teniendo de eso? – sentiréis ese desagradable dolor punzante en vuestras llenas barrigas de canapés del último cóctel. Cruzareis las calles con temor y el miedo será una constante en vuestras vigiladas vidas. Mirar hacia atrás, será una costumbre y la desconfianza, vuestro comportamiento más instintivo.

Así hasta que escuchéis al pueblo que os grita que ya no puede más; así hasta que os acerquéis a limpiar los mocos de la última madre desahuciada que llora, harta de rebajar con agua la leche que les da a sus hijos; solo así entenderéis que poco os pasa, que no vamos a parar porque aunque no queráis, nosotras sabemos que:
¡¡¡¡Si se puede!!!!

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